Árbol de Navidad.
Árbol de Navidad en Jerez.

Pasamos el ‘Rubicón’ del puente de la Inmaculada —Constitución— y entramos en la recta que nos llevará, irremisiblemente, hasta los días fuertes de la Navidad. Cuando el año pasado todos cantábamos villancicos al ritmo de bulerías o de rumbas, nadie podía imaginar lo que nos deparaba el 2020. Un número muy bonito a primera vista pero despreciable cuando lo escrutas un poco.

En la Nochevieja del año que pronto nos dejará —afortunadamente— el cava reinaba entre copas alargadas con la forma de unos tulipanes negros. Nadie pensó ni tan solo por un segundo que este año las cosas iban a ser muy diferentes.

Jerez se despierta tras un puente sin visitantes y sin extranjeros despistados. Sin nadie a quien sorprender con la forma en la que este pueblo celebra el Nacimiento del Niño Dios. La ciudad continúa como sonámbula sin saber muy bien qué está ocurriendo. Son tiempos de villancicos pero los carrizos de las zambombas no están tensos sobre la piel curtida de una cabra. Este año parece que todas las zambombas están hechas con la membrana de un chivo negro que son el demonio.

Habrá luces en las calles y el clásico cassette que nunca se borra sigue sonando con los villancicos del coro de Parrilla. Tan solo nos espera la alegría y la luz del árbol que cada año monta Marisa en la entrada de su hotel Casa Palacio con esa distinción que un árbol navideño puede lucir en un lugar tan elegante.  Pero esta Navidad está siendo muy distinta a las demás. Huele al humo de las castañas pero en pocas casas han sacado el lebrillo para hacer unos pestiños. No huele a anís ni a pólvora de petardo.

La Navidad de 2020 pasará a la historia como una de las más tristes que se recuerdan. Han llegado con recuerdo de aquellos que nos han dejado por la enfermedad. Con la impotencia de no poder abrazar a los amigos. Con la maldita realidad que no nos permite brindar por unas felices fiestas.

Tanto es así que en los buzones apenas se encuentran christmas con felicitaciones. Tanto es así que hasta los que vivimos las fiestas con un cierto desapego y con una perspectiva más real y menos idealizada —por la madurez que te da la vida— echamos de menos aquellas Navidades de zambombas y villancicos. De alegría y de arrebujarnos todos. De gorrilla campera y de bufanda al cuello. De ponche alrededor de la candela y de calles abarrotadas buscando ese momento feliz que nos gusta ofrecer a las personas que queremos con el simple hecho de hacer un regalo.