Llegó el cronista al recinto ferial fundamentalmente por hacer su labor de campo. Eso de estar por ahí de la ceca a la meca no es lo que mejor se le da. Pero el cronista ha contraído el compromiso con los lectores de Jerezanía y no había más remedio. Como el valor al soldado, al juntaletras también se le supone capacidad de sacrifico. Así que hubo que acercarse al González Hontoria, esa ciudad de la alegría que en su día apostilló el cronista en una reseña y que gustó como quedó. Y desde entonces la repite.

Viento de levante. Mala suerte. Había remolinos de la poca tierra color albero que quedaba en la Feria. Tranquilidad en las masas. La caseta de González Byass tan guapa como siempre. Le dicen al cronista que ha ganado un premio. Normal. Es la reina de las casetas de Feria. Con su templete divinamente atravesado; con sus cortinajes rojiblancos y con sus bandejas de Tío Pepe revoloteando por todo ese maravilloso coliseo ovalado donde no falta una sonrisa.

La Feria es demasiado larga. Siempre hay que hacer un parón y se notaba que el ambiente de los días pasados se lo había llevado el aire. Un buen día para las clásicas comidas de negocios y de compañeros de empresa. Ese día que nos recuerda a la noche de Navidad, en la que todos han de llevarse bien. “No fallamos ningún año. Todos los martes de Feria nos acercamos los compañeros de trabajo a comer en alguna caseta”, comentaba un señor con pinta de administrativo de una empresa de encofrados. Vuelven, poco a poco, esas comidas de empresa en las que todo iba de cuenta del jefe. Eran como un lenitivo. “Este año la empresa paga la mitad y nosotros la otra mitad”, asevera el administrativo con la camisa remangada. España va bien.

Fue un bonito día de Feria –con levante incluido- en el que se pudo pasear y deleitarse con la decoración de ciertas casetas. Era posible pedir una ración de pimientos sin tener que esperar a que el camarero resolviera, previamente, el teorema de Arquímedes. Pero falto alma. Faltó ese ambiente de alegría. La Feria era como un vino joven. Muy agradable de tomar, pero le falta la vida depositada en el abrigo de un buen fino.

De todo hay que descansar. Hasta Dios reposó al tercer día. Decían que la calle del Infierno era una locura. Cientos de niños esperaban en colas en el día de los ‘cacharritos’ más baratos.

Y nos quedaba una esperanza puesta:

El miércoles de Feria. Institucionalizado como el ‘día de la mujer’. Hoy es miércoles y el Real se verá aderezado por grupos de mujeres que expondrán su alegría y su galanura por el paseo de las Palmeras. No todo puede ser posible en la Feria. Mañana habrá más. Un buen puñado de frases que se extenderán en lo bonita que está la Feria cuando el timón lo asumen las chicas. Lo del martes de Feria ha sido un esfuerzo. Y que conste que el cronista lo ha hecho por escribir cada día una ‘gacetilla’ sobre la bonita Feria del Caballo de Jerez. Que no busque nadie otra razón.

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