Manuel Sotelino
Los ojos encendidos de Santiago ‘matamoros’ se salían del cuadro con el trajín del curioseo jerezano. No sé si han sido diez u once años cerradas las puertas de esta iglesia Real y del Refugio. Sobre su caballo blanco, Santiago ‘matamoros’ se había acomodado en la tranquilidad de una siesta demasiado larga. De tanto esperar, a tenor de su mirada, se había hecho a la idea de vivir para siempre encerrado entre los muros góticos de la iglesia. Sin ese ambiente recargado de las iglesias cuando se da la bendición tras una misa con un lleno hasta la bandera. Santiago estaba extraño y ya no se acordaba de que su caballo bailaba sobre la puerta principal, en aquella batalla de Clavijo, cuando los ramales del olivo atravesaban el dintel cada Miércoles Santo. Dicen algunos que gustan de inventar leyendas urbanas que durante algunos años, de aquel cuadro del Apóstol con la espada levantada, descendía una lágrima de pura nostalgia y vacío.

Hace unos días la iglesia de Santiago se ha reabierto para que todo el pueblo de Jerez se pueda reencontrar con una de sus mas destacadas obras arquitectónicas. Su planta es espectacular. Sus bóvedas parecen grandes como el lomo de una ballena. Sus pilares altos y desafiantes. Construidos para relativizar al hombre en su pequeñez. Haciéndole ver que sólo bajo la techumbre de Dios Omnipotente podremos encontrar la felicidad plena y un corazón sosegado. Pero recuerdo al arquitecto que ha dirigido esta obra tan larga cómo la cordillera de los Andes, que en una conferencia, hace años, no dudaba en afirmar que Santiago era un ejemplo del caos arquitectónico. Que el milagro no era haber erigido el templo, sino que no se hubiera derrumbado con tan sólo cincuenta años de vida. No existían cimientos y sus gruesos sillares estaban sustentados con la misma estabilidad de un ‘exin castillo’. Gracias a las nuevas tecnologías y a cientos de inyecciones de un hormigón apropiado, la sustentación del templo es una realidad. Ahora está más en peligro de derrumbe la barriada de Las Torres que Santiago a la hora de una rebelión sísmica.

Entramos en el templo y vimos a la gente de la Sacramental preparando una de sus dos capillas concedidas por privilegios históricos. ‘El Santísimo Sacramento llega el sábado y debemos estar preparados’, me dice Francis Castell que de casta le viene al galgo en esto de querer profundamente a esta vieja institución de la Adoración a Cristo Sacramentado en la collación del barrio. Al fondo, luce un retablo que acogía al Príncipe de Santiago: Jesús del Prendimiento que tan sólo por su presencia en el templo ya merecería la pena cobrar la entrada. No es normal tanta elegancia y finura. El retablo está desmochado por el pillaje al que en su día fue sometido el templo en un tiempo en el que fue tierra de nadie. Ahora espera la llegada del que rige los designios de media feligresía, pues quien no quiere al Prendimiento no puede querer a su padre…

Sobre el altar se conserva el baldaquino que sufragó Patricio Garvey y que sustituyó al que fuera un retablo barroco que ya nadie recuerda. Una mesa de altar ridícula y con cierto mal gusto espera a la jornada del sábado donde volverá a ser consagrado el templo. Posiblemente veremos la bonita liturgia de ungir dicha mesa con aceites escogidos, como si volviera todo a renacer.

Pero al entrar sentimos que a Santiago le falta la carne. Es un impetuoso esqueleto sin músculo. Sus paredes están vacías y sus techos demasiados altos. Falta mucho que poner, mucha invitación a orar. El tiempo y los años irán haciendo florecer tantos testeros de sillares vacíos, como el aliento de un maniquí. Esperemos que esa futura musculación no sea un relleno de rincones a lo loco.

Mientras, Santiago ‘matamoros’ prosigue en su cuadro mirando desde su caballo blanco a los curiosos que revolotean por la recién estrenada solería. Dicen que una lágrima se derramaba cada noche ante el vacío de aquella iglesia gótica. Al fondo se escuchaba el lamento de una seguirilla. Y desde la calle Cantarería fluía el chiflido loco de una olla con un buen puchero. No olía a yerbabuena ni a romero en la iglesia. Todo estaba muerto. Pero no hay mal que cien años dure y finalmente se ganó la cruzada que ha sido esta obra. Como en la batalla de Clavijo.

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