Enrique Ponce ayer en la plaza de toros de El Puerto de Santa María.

El toro del indulto fue “Fantasia” número 106, de 525 kilos y nacido en enero de 2015


Ganadería.- Toros de Juan Pedro Domecq, de aceptable presentación y juego desigual. Destacó el gran cuarto, de nombre “Fantasia” número 106, de 525 kilos y nacido en enero de 2015, que fue indultado.

Enrique Ponce, de blanco y azabache: bajonazo (ovación); simuló la suerte suprema tras indultar (dos orejas simbólicas).

Morante de la Puebla, de azul rey y oro: pinchazo, estocada tendida y caída, y dos descabellos (ovación); bajonazo (bronca).

José María Manzanares, de gris plomo y azabache: gran estocada (oreja); estocada baja (oreja).

Incidencias.- En cuadrillas, José Miguel González “Suso” saludó tras banderillear al tercero. En la enfermería fue asistido José Antonio Carretero de “luxación de tobillo de grado dos, pendiente de estudio radiológico”. La plaza rozó el lleno en los tendidos en tarde de calor.

Ha sido una tarde para no olvidar tan fácilmente. Fue la se pudo vivir en El Puerto de Santa María con motivo de la reaparición de Enrique Ponce que lo hacía en este centenario coso portuense. Y vaya reaparición la del maestro de Chiva. Pero vayamos por partes. Se trataba también de la tarde en la que El Puerto de Santa María inauguraba por fin su temporada después de haber estado en el aire durante varias semanas. Ambiente por todo lo alto y mucho público en la plaza, casi un lleno hasta la bandera que deberá de hacer reflexionar a los que han propiciado toda esta polémica como antesala de la temporada taurina. Hay mucho público que asiste a los toros a El Puerto. Así que esto no es juego…

La gente le esperaba con ganas. Y se notó con la gran ovación que le dedicaron los aficionados justo después del paseíllo y tras escuchar también el Himno Nacional al maestro Enrique Ponce que tuvo que salir dos veces a saludar a la primera raya del tercio.

El toro de la reaparición del valenciano ya de salida apuntó muy pocas fuerzas, echando, además, las manos por delante en los capotes. Ponce anduvo aseado en una faena en la que alternó medios muletazos de cierta elegancia con varios enganchones y un par de desarmes. La espada se le fue a los sótanos y recibió una cariñosa ovación por parte del respetable.

Pero el premio gordo llegaría en el cuarto, con el que Ponce sacó a relucir su mejor toreo. El de quilates.

La majestad y la maestría llegaron con una serie de naturales en la que el de Chiva se entregó al máximo mientras sonaba ‘El Concierto de Aranjuez’ por parte de la banda de música. A partir de ahí, un cambio de manos que fue un monumento al empaque. Largo como un tren de mercancías y hondo como un pozo sin fondo.

Otra serie de naturales en los que el torero tocaba el pico de la muleta para doblarla y así motivar al toro a ir al señuelo. Derechazos largos y templados y la conocida “poncina” con un cambio de mano inmenso. Una obra para el recuerdo. Después se pidió el indulto del toro. Y se indultó. Aunque no fuera para tanto. Lo que sí fue de ensueño fue la faena, para paladares exquisitos.

Morante meció con el capote a su primero, que a punto estuvo de echar mano a José Antonio Carretero, que, aun librándose de la cornada, pudo lesionarse de gravedad en la caída tras tomar el olivo por los gestos de dolor tan ostensibles y el cuidado con el que era llevado a la enfermería.

La faena del sevillano tuvo fogonazos de excelsa belleza, pero sin poder entrar en profundidades por la absoluta falta de raza del “juanpedro”, con el que, además, acabó atascándose en la suerte suprema. Al quinto, manso y deslucido, no quiso ni verlo. Le quitó las moscas y lo mató de manera infame. Bronca.

El primero de Manzanares fue un toro encastado, con movilidad y un gran pitón derecho, por donde se desplazaba y repetía con codicia. El alicantino se entregó con él para cuajar varias tandas por ese lado de mucha autoridad y mano baja.

Por el izquierdo no hubo la misma sintonía y, tras varios enganchones, al final llegó el desarme. La estocada final fue de manual. Y la oreja de ley.

Bajo los sones de “Orobroy” Manzanares construyó en el sexto una faena donde hubo más ganas que enjundia. Hubo entrega del alicantino. Y algunos muletazos largos sueltos. Pero no hubo una construcción sólida ni continuidad. Le cayó la espada baja y cortó una oreja.