Ya sabemos que el jerezano tiene unas singularidades muy acentuadas. Siempre he dicho que Jerez y sus jerezanos es posiblemente la única ciudad del mundo en el que te encuentras con un paisano en Madrid y en lugar de alegrarte de ver a alguien de la familia tan lejos vas y le dices: “y tú, ¿qué haces aquí?”.

El jerezano, ya se sabe, es capillita ahora que los altares de las iglesias se tornan en cultos a las imágenes. Pero cuando llega el Domingo de Resurrección sintoniza una emisora de estas que sólo emiten sevillanas y se pone el carrizo cuando llega el Rocío. A pesar de que la calle Merced tenga cincuenta –quizá sesenta, no más- números en su calle, cuando llegan los aires de la Patrona todos hemos nacido allí. Somos como Vicente, que por cierto hoy se celebra el del diácono mártir.

Sin embargo, esto forma del ‘adn’ de nuestro carácter. Repasar, reflexionar y escribir sobre nuestras singularidades no está mal. Pero no podemos quedarnos ahí. Hemos sido también tierra de grandes guerreros, y capaces de hacer toda un industria que ha exportado al mundo uno de mejores vinos que jamás se hayan hecho.

Los monjes lograron seleccionar un caballo único que lleva el nombre de español. Y aquí se han hecho grandes logros, como el alumbrado público o un tren urbano que aminoraba los esfuerzos del transporte de las botas de vino.

Somos así, pero también lo contrario. No podemos quedarnos para siempre en el pesimismo. Que la cantidad de baches y boquetes que tienen nuestras calles no sean el reflejo de nuestro ánimo. No hemos llegado todavía a la prórroga. Por tanto, tenemos tiempo para remontar este complicado partido. Hoy me he levantado antropológicamente optimista.

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