Foto.- Juan Luis Rodríguez

Habrán sido alrededor de unas doscientas cuarenta y siete veces las que he tenido que escuchar la pregunta en estos días de “¿cómo te ha ido en el Rocío?”. Aprovecho estas líneas que me brinda nuestro periódico para difundir una respuesta y así ahorrarme repetir que las arenas existen, los pinos propagan sombras y los tractores son las tracciones mecánicas capaces de vencer a cualquier ‘rodá’ arrogante.

Existen tres Rocíos distintos. Uno el del camino, y otro el de la aldea. El tercero lo guardo para el párrafo final. El primero es el de Doñana. Es un Rocío cargado de relativismo. El tiempo es relativo en el coto y en el contexto de la naturaleza en estado puro todos nos sentimos más pequeños e indefensos. Este es un Rocío muy aleccionador.

El segundo, comentaba, es el de aldea. Cargado de simbolismo. De comidas y de catavinos. De sevillanas y de convivencia. También de ‘hoguera de las vanidades’ y de imagen de cara a la galería. De alegría por un lado y de tristeza cuando comienzan a llegar las facturas de los gastos. Lo cual no está nada mal, dicho sea de paso, ya que pocos escaparates existen más efímeros y bellos que la aldea del Rocío para darse un buen ‘roneo’. Por tanto, se trata de un Rocío distinto al del camino. Más megalómano. Más de sociedad y de relaciones sociales.

El tercer Rocío es el más bello de todos. El de la Virgen. El de la Blanca Paloma que es Reina de las Marismas. El otro día un amigo me comentaba que quizá la ‘Atlántida’ estuviera en esas marismas onubenses. Sin duda que una exageración. Pero lo que sí es cierto es que la Virgen tiene un halo difícil de explicar. Tanto es así, que justifica lo anterior para que todo recobre sentido. Ese ha sido mi Rocío. Dividido entre tres. Y por favor, no pregunten más.

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