Luis Eduardo Aute
Luis Eduardo Aute en un concierto.

Susana Esther Merino Llamas

Fue el pasado 4 de abril cuando uno de nuestros artistas más polifacéticos, ya que abarcó desde la pintura, la poesía y la música, pasando también por el mundo del cine y la escultura, nos decía adiós para abandonar, como él reiteraría en alguna que otra entrevista concedida, este planeta.

Y es que a Luis Eduardo Aute a buen seguro que algunos lo podemos ya imaginar dibujando esas “Rosas en el mar” que brotaran del infinito manantial de su inspiración allá por 1967. Porque con la misma calidez que daba forma a sus maravillosos versos que luego fueran interpretados con su voz de terciopelo y seda, llegó a trazar sobre innumerables lienzos desde los pies desclavados de un cristo hasta la misma desnudez del alma, sin dejar de pasar por alto el mediometraje que dibujó, musicalizó y dirigió donde rendía tributo al que es para mí considerado como el artista que mejor supo tornar el tormento en belleza, Vincent van Gogh. En esta animación titulada “Vincent y el giraluna”, el autor de “Pasaba por aquí” nos descubriría el misterio que “gira” (valga la redundancia) en torno al girasol mientras dura la luz del día y el giraluna cuando intenta descubrir la otra cara del gran satélite, siendo así perfectamente la actitud de presentarse como un acorde disonante o ese deseo de querer salirse de las pautas de lo establecido el fiel espejo donde se mirarían de forma paralela tanto nuestro artista como su único e irrepetible giraluna, bien pudiendo de este modo tratarse, tanto autor como obra, de un mismo ser.

Porque dejando aparte los matices o la implicación que su obra pudiera tener con el escenario político vivido en el momento, lo que es imposible obviar es el cañón de sensibilidad que podía derrochar desde el brocal de su creatividad que le haría, con total certeza, estar más que por encima de otros planteamientos.

De esta manera lo que cobra realmente importancia y lo que nos ha cogido con el paso cambiado es que se nos ha marchado uno de los grandes, quien, sin lugar a dudas, ya pasó a vivir eternamente “Al Alba” para que cada vez que el reloj marque “Las cuatro y diez” bailemos su “Slowly” para luego, “Una de dos”, o le damos al “play” de nuestros recuerdos para escuchar su “Sin tu latido” o el “Aleluya nº1” donde desgranaba las cosas que le hacían olvidar, este mundo absurdo que no sabe a dónde va (y aún sigue sin saberlo).

Mientras, sus pinceles nunca dejarán de abocetar la idealización de lo que siempre buscó en esta vida, aunque para ello tenga que permanecer eternamente dibujando sus preciosas “Rosas en el mar”.

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