No sólo las redes son virales. Ahora que todos estamos atentos a un retuit como si la vida no fuera en ello, podríamos decir que ya los antiguos castellanos ofrecían un refrán para definirlo. Era aquello de “adónde va la gente, dónde va Vicente”.

Pero en todos los órdenes de la vida también existen otros ‘vicentes’. Menos de pantalla de teléfono móvil y más con los bolsillos y las inversiones. Ocurre con los negocios. Que se mutan como si fueran los asquerosos virus que estamos sintiendo en estos meses de frío (a ver cuándo llega el verano).

Pongamos un par de ejemplos. Cuando vino el tiempo de vacas flacas muchos decidieron llevar a cabo ese otro refrán que dice que “a mar revuelta ganancia de pescadores”. Pues eso mismo. Y florecieron los negocios de ‘compro oro’ si fueran longanizas. Parecía como si todos los habitantes de esta bendita ciudad tuvieran un lingote guardado bajo no se sabe muy bien qué colchón. Después de la fiebre del oro, aparecieron las tiendas de verduras y frutas. Era menos complicado encontrar en el centro unas berenjenas que el recambio de un bolígrafo inoxcrom. Parecía como si llegaras a la papelería Consistorio y pulularan las cajas de patatas de Sanlúcar en lugar de las agendas.

Ahora las tornas han cambiado. Oído que se nos acerca una nueva moda. Y no menos peligrosa. La de los negocios de tragaperras. Comienzan a pulular este tipo de negocios que hace babear a cualquier ludópata con cierta autoestima. Cuidado que puede ser viral, como los tuites de los famosos. Y precisamente, este tipo de negocios no cultiva ni la cultura ni el buen hacer. No vamos precisamente por el buen camino.

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