Una zambomba en Jerez en el reducto de la Catedral.

En este segundo capítulo dedicado a las zambombas jerezanas, pretendo aportar una somera reflexión sobre la evolución de esta forma tan singular de celebrar la Navidad en nuestra ciudad.

Por no extenderme mucho, tengo que decir que el desarrollo de la zambomba hasta llegar a lo que vemos en nuestros días tiene su origen en ese punto que marca un antes y un después en la ciudad desde el punto de vista del tejido económico. Jerez hasta finales de los años ochenta fue una ciudad netamente industrial, dedicada a la producción del vino. Por motivos que ahora no vamos a resaltar, el sector del vino casi se desintegra en apenas unos años. De ser un negocio con un volumen de ventas descomunal el negocio del vino cae para llegar a un excedente preocupante que hasta hace poco se ha mantenido. Aquello propicia que la ciudad se tenga que reinventar de nuevo para transformarse en un lugar turístico. Era lo único que nos quedaba. Monumentos, bodegas con botas cargadas hasta las corchas y proximidad con el mar son nuestros referentes ahora. Se reinventó el flamenco, las carreras de motos se trajeron tras construir el trazado de un circuito y las bodegas pasaron a tenerle un respeto casi sagrado a la cuentas de resultados donde la facturación por touroperadores que traen miles de visitas iba creciendo año a año.

El turismo es el antagonista de la pureza. Las playas como reclamo para los turistas son de todo menos autóctonas. Esas playas formadas por dunas y matorral con pino a las que siempre se nos adelanta un maldito alemán. Así que como un reclamo turístico más, la zambomba también tenía algo que decir y la Navidad en Jerez corrió como la pólvora por toda España a través de paquetes turísticos en las miles de agencias de viajes.

De pasar de ser una celebración mucho más íntima en la que unos vecinos bajaban de sus casas, hacían una especie de ágape y cantaban unos villancicos que nadie conocía su procedencia, se ha pasado a lo que actualmente vemos como consecuencia de este reclamo turístico.

¿La ciudad de Jerez necesita de este flujo desde el punto de vista del sector servicio? Por supuesto que sí. ¿Por el camino hemos perdido algo? Por supuesto que sí. La esencia y la pureza.

Y en esta disyuntiva nos encontramos. O conservamos nuestras zambombas como siempre fueron y perdemos un importante flujo de ingresos en la ciudad y un modo de supervivencia para muchos o llegamos a la conclusión de que esto ya es otra historia. Una historia necesaria si queremos seguir creciendo desde el punto de vista económico. La suerte está echada. No se puede prescindir de algo que se ha convertido en fuente de ingreso para muchos. Así que para los más puros, solo nos queda la playa, el turismo rural o una vueltecita a Nueva York para disfrutar del árbol de Navidad gigante en el Rockefeller Center.