Fin de semana espectacular en la ciudad. Quien suscribe esta crónica pudo experimentar cómo en el tramo de Tornería hasta el Arenal, a pesar de no caber ni un alfiler, era posible atravesar sin saludar a nadie conocido. Lo cual, dicho sea de paso, no deja de ser una rareza. Pues Jerez es un pueblo, a Dios gracias, y aquí no hay quien confluya en dos esquinas sin tener que decir aquello de: “Adiós, Pepe”. “Hasta luego, José”.

La conclusión de Perogrullo era que la ciudad estaba minada de turismo nacional. Gentes del norte, levante y hasta del ‘finisterre’ tuvieron que pisar suelo jerezano puesto que otra explicación no existe.

Hemos logrado hacer de la zambomba un reclamo turístico en la ciudad. Ya que no somos referencia en exportación de vinos –o al menos la exportación existente no da para un tejido productivo que aplaque la ola de paro-, al menos, ahora en Navidad, la ciudad se mueve. Y de qué manera.

Ahora no vamos a entrar en disquisiciones de si la zambomba es la tradicional o no. Ni tampoco vamos a decir si esto beneficia al espíritu de la Navidad. El futuro no es difícil de prever. La fiesta de la Navidad jerezana, la zambomba tradicional, quedará como un reclamo para turistas que sembrarán de un dinero necesario el centro de la ciudad mientras que esas zambombas que conocimos muchos en los años ochenta y en las que era posible no repetir un villancico en cinco horas de fiesta quedará para minorías y espacios apartados del mundanal turismo. Tan necesario por otra parte.

El resumen es que Jerez ha funcionado una vez más. Y que la gente, en lugar de ir al rockefeller center a hacer las comprar cada año se lo está planteando mejor y preferir vivir una fiesta flamenca y jerezana adornada de unos vinos dulces que saben a gloria.

Al menos en una ocasión, Jerez ha ganado la batalla. Son muy necesarias estas inyecciones de dinero a la hostelería. Y aunque sea una vez al año, esto ha funcionado sin tener que sacar un ‘pasito’ a la calle.

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