Camilo Sesto interpretando a Jesucristo.
Camilo Sesto representando a Jesucristo Superstar.

Susana Esther Merino Llamas

Nos pasa a todos. Es un pensamiento cuasi común el desconcierto y la catarsis de sentimientos y sensaciones que produce el hecho de tener que asumir que alguien se nos marcha y que, al menos mientras nos encontremos en este mundo que de momento es el único que conocemos (este último apunte dependiendo por supuesto de algo tan personal e intransferible como es la creencia de cada individuo) no vamos a tener la oportunidad de ver, oír o disfrutar de esa persona.

En el terreno de las artes (la música, la poesía o la pintura, entre otras disciplinas) la partida de ese alguien, aun siendo más o menos esperada, nos deja en infinidad de ocasiones huérfanos de esos brocales o manantiales que no dejaban de derramar sensibilidad en cada acorde, en cada verso o en cada trazo de pincel, en la mayoría de las ocasiones, hasta el último suspiro.

Precisamente no hace muchos días se nos fue uno de las más grandes del panorama musical español. Camilo Sesto o Camilo Blanes Cortés, como ustedes prefieran. Y es que él, y estando por supuesto por encima de frivolidades varias que pudieran haberle rodeado en mayor o menor medida (en cuyo caso se trataba de asuntos que sólo a él le habrían competido a nivel particular), no podemos negar que nos ha legado un poso imborrable de ese buen hacer emanado del timbre de su voz cálida y torrencial casi al mismo tiempo que provocaban que las letras forjadas por su inspiración se nos quedasen cosidas en el corazón y en el alma. Tanto es así que, entre otras cosas, tuvimos la posibilidad de adentrarnos con él en ese único e irrepetible Getsemaní de las plateas de los teatros como si del mismo Jerusalén se tratara, haciendo tan suyo el papel del Maestro que seguramente calaría en los centros de muchos que por aquel entonces se hallaban alejados de todo lo que tuviera relación con el mismo Jesús de Nazaret, vaya usted a saber.

Por eso, cuando por diferentes circunstancias llegamos a intuir o incluso a presenciar la decadencia del envoltorio, de lo físico y de lo palpable, hemos de ser conscientes que bajo lo efímero, o mejor dicho, en el interior, se encuentra esa esencia que nos ha llegado a regalar tantos y tantos instantes de felicidad que siempre va a permanecer viva y latente en los tiempos venideros. Ellos, los artistas, nacen con ese halo especial con el que alcanzan la capacidad para crear lo que el resto de los mortales no llegamos ni de lejos. Intuyo que por eso, siempre en alguna etapa de sus vidas, nunca han escapado de las garras de la soledad o de la incomprensión del mundo exterior, lo que les ha llevado, a veces, a mirarse en un espejo donde la imagen que contemplaban era la de un ser tímido que levanta una pared con sus propias emociones para defenderse de lo que fluye a su alrededor.

En el caso por ejemplo de Vincent Van Gogh, sus pinceles nos llevan a un hacedor de arte excepcional que vivió atormentado por no saberse lo suficientemente valorado o entendido. Pero he ahí la maravillosa herencia que gracias a su genialidad, podemos también disfrutar y casi hacerla nuestra con tan sólo un golpe de vista porque, ¿quién no se ha dejado acariciar alguna vez por la perfecta locura de la brisa que exhala la contemplación de su “Noche estrellada”?

Sea como fuere en cada caso, no sólo en estos sino en otros muchos, la grandeza nacida de quienes rebuscan en los resquicios de las escombreras de su alma para crear una bella obra nunca muere porque el cofre de la eternidad siempre tendrá un sitio reservado para el arte, cuya luz siempre quedará por siempre encendida hasta el final de los tiempos.