Parece que se ha hecho tradicional que con la fiesta americana de Halloween los vándalos campen a sus anchas. La culpa no la tiene la cultura anglosajona que nos quieren imponer por reaños. Se trata de la condición salvaje de muchos conciudadanos y niñatos.

Personalmente no tengo nada en contra de las historias de miedo y de las calabazas con cara de ogro. Simplemente paso del asunto aunque respeto a quien tenga a bien celebrarlo y de alguna forma contribuir con esta celebración donde lo importante es el consumismo. Yo prefiero acordarme de Miguel de Mañara mientras tuesto unas castañas y me las como viendo el Tenorio.

Pero lo fundamental de todo este asunto de las barricadas, los contenedores quemados, las lunas de los vehículos rotos y los huevos en las fachadas de las casas estrellados es el poco civismo que tenemos en este país.

Este es un territorio en el que no se valora el mobiliario urbano. Darle una patada a una farola es señal de fortaleza y no de salvajismo. Y parece que la famosa frase de Carmen Calvo cuando dijo que “el dinero público no era de nadie” es algo que llevamos en nuestro ADN.

También es cierto que este tipo de tropelías apenas se persiguen. Y cuando la Policía pilla a un vándalo haciendo una hoguera en una plaza suele entrar en la comisaría por una puerta para salir por otra sin apenas castigo. Todo esto ocurre porque este país es más payaso que el que se pinta la cara de un muerto viviente. Debería de haber sanciones fuertes. Y que los padres de estos salvajes se hicieran cargo de los destrozos que sus niños propician con el mobiliario público de la ciudad.

Pero aquí no pasa nada. Y llegará un nuevo Halloween y seguiremos con resignación viendo cómo no hay escarmiento. Esto es España. Bienvenidos al país en el que hay más tontos que macetas. Un lugar donde parece haber inmunidad legal para quien va arrancando papeleras por las calles como si de un deporte se tratara.

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