Manuel Sotelino

Se ha convertido en un complemento más con la llegada de la mal llamada ‘nueva normalidad. Lo normal es lo de siempre. Y lo que siempre ha sido nunca es nuevo. Más bien todo lo contrario. Pero ya se sabe que aquí nos manipulan y nos dejamos manipular como nos da la gana.

Jerez no se queda fuera de las normas sanitarias por el coronavirus y la imagen de la ciudad también ha cambiado con la llegada de las mascarillas. Las tenemos de todos los colores y formas. Con la banderita de España y con los colores de la cofradía de los amores de cada uno. Con el color de la piel de tigre —que bien parece que llevas el tanga de la playa en la boca— o simplemente sanitarias.

Lo fundamental es que no se entiende la calle Larga sin los jerezanos con mascarillas. Con semblante serio en la mayoría de los casos. Y si paseas a primera hora de la mañana como si fueran sonámbulos que despiertan y aparecen, con mascarillas, buscando el fresco de las primeras horas.

Bien bonitos son los relojes. Y los gemelos también. Y bonitos son los bolsos, las pamelas o un collar. Pero todo eso parece haber quedado en un segundo plano para dar paso a la mascarilla. La de la Guardia Civl o la de la Armada Española. Es como el escaparate de lo que llevamos dentro. Una forma de mostrar cómo somos y cómo funcionamos.

Las mascarillas han llegado a Jerez sin fecha de caducidad. Dicen que las sanitarias apenas sirven para un par de puestas. Y que no contagias tú pero si te pueden contagiar. Las FPP2 duran algo más pero son complicadas de limpiar. En fin, que todo ello para decir que la ciudad ha cambiado en su aspecto. Porque Jerez, como cualquier otra ciudad, aparte de su reducto, de San Miguel del Alcázar o de su piedras, es también las personas que la habitan. Con el semblante tapado por el uso obligatorio de la mascarilla.