Relato – Susana Esther Merino Llamas

Adam sabía muy bien que con su más que incierto futuro, es decir, con su presente real, el hecho de ganarse la vida había traspasado los inquebrantables límites de lo que podríamos calificar como catadura humana o moral o, simplemente, el discernimiento entre el bien y el mal.

Es cierto que el devenir de su no muy larga existencia, ya que contaba con 32 años de edad, no se trataba del más afortunado precisamente, ya que tras el telón de sus ojos aún quedaban algunos flashes de estampas auténticamente dantescas que habían quedado alojadas en su retina y en su memoria desde su más corta infancia. Nunca tuvo nuestro protagonista la posibilidad de conocer ni física ni espiritualmente siquiera la figura materna.  Ginger, así se llamaba su progenitora, moriría a los pocos meses de él nacer debido a la falta de ese mínimo de bienestar o, mejor dicho, de dignidad con que un ser humano tiene derecho a vivir su día a día. El alcoholismo de su marido, Dylan, lo que derivaba en reiteradas palizas y  como consecuencia la falta de un hogar con suficientes recursos para sacar adelante al resto de sus hijos hicieron que esta desafortunada mujer se encontrara de frente con la muerte, la que incluso nos atreveríamos a considerar como una liberación, casi nada más salir del que sería su último parto.

Adam sería criado, por llamarlo de alguna manera medio decente, por la inconsciencia del que fuera su padre (título obtenido únicamente por la vía biológica) y por la pasarela de despropósitos que éste le ofrecía día sí y día también. Sus hermanos mayores fueron cada uno adquiriendo su independencia de la mejor o menos mala manera con la que contaban en ese momento. El mayor de ellos, George, con tan sólo 18 años empezaría a pisar el pavimento de los recios calabozos de las comisarías y de las celdas de las cárceles como consecuencia de los delitos de robo, ya los más recientes con violencia, que iba añadiendo a su joven currículum. No es de extrañar que con estos mimbres revestidos de infortunios y desgracias Adam no tuviera la más mínima posibilidad de encauzar su porvenir a algo que se acercara a unas normas de convivencia lo más ajustadas a la normalidad.

Desde pequeño, sus habilidades pictóricas se habían ido desarrollando con la única ayuda de una hoja arrancada de un viejo bloc y el primer lápiz o bolígrafo que encontraba más al alcance de su mano. El ininterrumpido tiempo que estuvo escolarizado, en unas modestas aulas cercanas a su marginal barrio en la ciudad de Detroit fue más que  suficiente para que pudiera desplegar ese desconocido potencial de arte que llevaba en su interior. Tanto fue así que una de sus tutoras, cuando ya él comenzaba a entrar en los umbrales de la adolescencia, le ofreció la posibilidad de recibir unas clases a nivel particular con un aventajado alumno de la escuela de arte para que, de este modo, su valía se fuera perfeccionando, o al menos para que no viera truncado un probable camino con el que salir adelante. Si bien es cierto que durante un par de años se fue empapando de la enseñanza del que fuera su también joven profesor o guía en esta faceta, no tardaría muy pronto el destino en llevarle de nuevo a otros derroteros bastante menos expectantes que los que se le estaba ofreciendo hasta entonces.

La ya anunciada enfermedad de su padre le hizo tener que verse obligado a proferirle unos cuidados que, aunque no fueran merecidos, sí le alejarían de ese pequeño rayo de positividad que se le había cruzado en la vida. Una vez más, y tras los meses transcurridos cumpliendo como hijo con esas obligadas atenciones que al final acabaron con la muerte de Dylan, parece que hubiera algo que le impidiera continuar su andadura.  Los años transcurrían sin que el tren de la esperanza hiciese aunque fuera una corta parada en las diferentes estaciones de su prematuro bagaje. Pero a pesar de parecer tener al mismo mundo en su contra, en los ratos en que la mente se le quedaba algo más despejada cuando regresaba a las reducidas habitaciones de algunas de las pensiones que se pudiera costear casi sin él saber cómo, volvería a retomar ese hábito que durante un período de tiempo, aun siendo breve, le ayudaría a dar riendas sueltas a esa catarsis de emociones que se alojaba en lo más hondo de su ser. Con los pocos beneficios que obtenía trabajando por horas en cocinas de los restaurantes donde la clase media se ajustaba a lo sumo al menú que se anunciaba diariamente, ganaba lo preciso como para hacerse con un lápiz de carboncillo y unas láminas para plasmar lo que en determinados momentos le llegaba hasta arañar los tuétanos. La temática de su creatividad iría desde paisajes donde se reflejaba sobremanera una paz y una serenidad impropias de su personal experiencia, hasta los retratos de mujeres (hombres en contadas ocasiones) que llevaban impresos tras los trazos del carbón una invisible áurea por donde se escapaba el alma de cada protagonista. Así que con esta destreza donde las musas eran sus mejores compañeras de viaje, fue también consiguiendo ganarse poco a poco ese sustento del que tanto había carecido desde antes de tener uso de razón.

Consiguió Adam alquilar un modesto estudio que a su vez convertiría en su propio hogar. Allí, entre sencillos caballetes y el resto de los materiales básicos para seguir cultivando sus dotes artísticas, iría adquiriendo acuarelas, pinceles y lienzos donde quedarían grabadas las sensaciones más insospechadas que hasta él mismo hubiera desconocido si no fuera por este escape de interioridades tan particular.

Su especialidad terminaría siendo el retrato. No tardó mucho en recibir cada vez con más frecuencia encargos, sobre todo femeninos, con los que se hizo un nombre dentro del no fácil mundo de las artes plásticas.

Sus modelos, las mismas que solicitaban dichos trabajos, eran chicas que poseían cierta belleza pero sin salirse de lo habitualmente marcado por lo que se puede considerar un arquetipo establecido. Pero lo más sorprendente de todo era el resultado obtenido al final de cada obra. De sus trazos se desprendía algo más que un simple retrato. Y es que Adam no se limitaba tan sólo a plasmar, como quien contempla un simple espejo o se toma una foto, el rostro a tratar en cuestión. Era curioso que aun contando con modelos diametralmente diferentes las unas de las otras, resaltaba como denominador común un halo de idealización y de hermosura que parecía quererse escapar de cada lienzo o de cada lámina.

Retrato-de-Dorian-Gray-en-películaEl atractivo tan especial de cada uno de los encargos en cuestión, existía gracias a un condicionante que era precisamente el que permitía el éxito de cada trabajo. Él buscaba la exteriorización del alma femenina elevada a su máxima potencia, aunque para ello tuviese que hacer uso de lo que nadie pudiera haber imaginado. La extracción de esa energía interior, según le dictaba su tan peculiar y distorsionada realidad, la iría logrando a través del método más insospechado pero, en este caso, real. Nuestro artista les robaría esa esencia, el mismo espíritu, y lo haría suyo quitándoles la vida. Él consideraba que una vez el cuerpo se convertía en materia inerte, hay un instante casi imperceptible en el que el alma abandona ese habitáculo donde ha permanecido durante un tiempo determinado. Era justo en ese momento cuando sus ojos y su mente captaban esa pizca de belleza tan deslumbrante que palpitaba y casi respiraba en sus cada vez más cotizadas obras. Y es que tan sólo de ese modo derramaba toda la maestría que atesoraba acariciando a sus pinceles.

Alcanzaría el joven retratista con el devenir de los años uno de los puestos más importantes en las galerías y círculos más exquisitos del ámbito de las artes, haciendo un acopio de felicitaciones y agasajos por parte de los mejores críticos de la actualidad. Pero todos coincidían en algo, jamás habían apreciado en sus más que dilatadas trayectorias un compendio de belleza mejor expresado que el que Adam había logrado, ya que supo impregnar a cada una de sus creaciones de una idéntica áurea de perfección y sublimidad.

Por cierto, un viejo conocido de la familia que llegó a localizar a nuestro retratista de almas llegó a afirmar que parecía salirse de cada uno de sus cuadros la inigualable belleza de su madre, Ginger.

Antes de que se me olvide, un último detalle. Del paradero de los cuerpos de las jóvenes desaparecidas nada se llegaría a saber.

FIN