Manuel Sotelino

No soy politólogo ni analista de las grandes cuestiones de Estado. Realmente los analistas me dan un poco de risa a tenor de las continuas cábalas que van haciendo de cara al futuro. La información veraz en las grandes cadenas de televisión, portales y rotativos nacionales cada vez está más en desuso. Así que los denominados ‘cabezas de huevo’ se dedican a hacer predicciones que más quisieran ellos que se parecieran a las que se hacen actualmente en el ámbito de la meteorología. En muchas ocasiones, estos contertulios de los grandes medios de información, dan rubor por lo sectarios que pueden llegar a ser.

En cualquier caso, sí me gustaría ofrecer mi criterio sobre los acontecimientos que están acaeciendo en Cataluña y la razón por la que hemos llegado a esta situación tan alejada al sentido común. Dejando a un lado a si es posible o no aplicar un 155.

A nadie debería de pillarle por sorpresa la situación en la que se encuentra la sociedad catalana. Dividida en dos pensamientos y con un bloque, el independista, cada vez más fuerte, peligroso y alocado como un pollo decapitado. Esta situación comienza a tener los primeros gérmenes, las primeras larvas que acabaría siendo el monstruo que ahora vemos, en los comienzos de la Transición. En la redacción de nuestra actual Constitución se quiso ofrecer al ‘nacionalismo’ regionalista algunos privilegios que nos han llevado a estado actual. Me refiero, fundamentalmente, a las competencias en materia de educación que jamás debieron de salir del control del Gobierno de la Nación. Así las cosas, desde la escuela, se comenzó a germinar un adoctrinamiento que ha llegado hasta nuestros días. Una educación basada en el enaltecimiento del ‘nacionalismo’ y en contraposición al Estado Español. Se ha impedido la educación en el idioma que nos une a todos, se ha contado una historia que no es real, se ha inoculado, en definitiva, una realidad ficticia basada en la injusticia de un sistema que roba a las clases obreras catalanas para que otras regiones se lo gasten en bienestar. Una locura. Por tanto, durante cuarenta años, se ha estado contando que España era un Estado opresor con una bandera que da asco.

Toda esta estratégica política que ya se activó hace cuatro décadas ha sido uno de los grandes errores cometidos por la clase política española. Se estaba gestando un monstruo que ya ha venido al mundo y que arroja los primeros conatos de vida. La violencia y el odio exacerbado a todo lo que huela a España. Son dos generaciones a las que ya no vamos a poder atraer a la verdad porque su formación intelectual se lo impide. Dos generaciones que creen luchar por la injusticia que presuntamente sufren y que lo han aprendido en los libros de texto de las escuelas, en los institutos, en las universidades. En definitiva dos generaciones perdidas.

Para colmo de males, la clase política, en España, desde el comienzo de nuestra Transición, creyó que todo era posible para alcanzar el poder menos despachar con la oposición. Los dos grandes partidos, en lugar de llegar a acuerdos básicos en materia de Estado, se han echado en brazos de estos ‘nacionalistas’ –vascos o catalanes- para llegar al poder. Y todo esto se ha hecho a base de transferir competencias o de entregar más dinero a estas regiones. Jamás fueron precavidos en este sentido y si en algún momento se pensó en el mal que se le estaba haciendo a España desde la educación debieron de pensar que el que llegara por detrás apechugara con el problema. El resultado es que los gobiernos autonómicos han llegado a ser más fuertes que el mismo Estado. El ejemplo lo tenemos en el presidente de la Generalidad de Cataluña que solo acepta el sumisión del Gobierno de España ante sus demandas y además se cree con la autoridad suficiente como para definirnos –a los españoles- como gente que hablamos la lengua de las bestias o que tenemos un bache en el ADN.

Ahora sólo queda una salida ante este escenario. Dar por perdida dos generaciones de catalanes que jamás cambiarán de pensamiento. Y hacer tabla rasa y comenzar un tiempo nuevo en el que se trabaje con políticas inteligentes para, al menos, salvar las próximas generaciones. Una solución que costará medio siglo de paciencia, la misma que tuvieron los ‘nacionalistas’ para llegar al punto en el que nos encontramos ahora.

La política y los políticos hace tiempo que dejaron de pensar en el bien común de los ciudadanos y solo se ha preocupado de medrar y calentar un asiento. Además, toda la corrupción descubierta por un periodismo que cada vez da más vergüenza, no ha ayudado a la causa y la sociedad mira al político como un peligro y no como una salvaguarda.

Llegó el momento de dibujar una raya que marque un antes y un después y comenzar de nuevo. Aunque mucho me temo que Cataluña seguirá estando cada vez más enferma, los políticos solo sabrán cómo sacar provecho propio y el periodismo invadirá algún sótano más profundo de sumisión como herramientas de propaganda en algunos casos. Y a nosotros sólo nos quedará la libertad de escoger entre los muchos canales de televisión si ver cómo nuestra gran Policía sigue defendiendo las libertades a base de mamporros o cambiar para deleitarnos con una película de John Ford o el Gran Hermano. No hay más.