Portada del libro 'Los Milagros de Nuestra Señora'.
Portada de una edición de 'Los Milagros de Nuestra Señora'.
Susana Esther Merino Llamas

En esta ocasión, el motivo que me ha llevado a plantarme delante de esta inmensidad blanca donde la tinta negra ha de derramarse de la manera menos torpe posible, ha sido el recuerdo y la nostalgia por aquellas clases de Literatura de 3º de Bachillerato y COU en el turno de tarde (de toda la vida de Dios “el nocturno”) dentro de las aulas de ese legendario partenón de la formación académica jerezana, que se levanta en los medios de la Avenida Álvaro Domecq, el Instituto Padre Luis Coloma.

Como siempre se dice, por esas cosas de la vida, no hace muchos días he vuelto a reencontrarme con la parte de esta (al menos para quien les escribe) más que preciada asignatura: la Literatura Española, concretamente, en su etapa medieval. Volver a releer fragmentos de “Los Milagros de Nuestra Señora” de Gonzalo de Berceo, o desgranar, como la que de nuevo está enfrentándose a aquellos comentarios de texto tan apasionantes, las cuadernas vías del “Libro de Buen Amor” de Juan Ruiz Arcipreste de Hita, me ha supuesto un maravilloso flash-back donde la melancolía ha llamado a la puerta de mi corazón y de mi alma de una manera más que sorprendente.

Y es que en esos momentos en los que te toca transmitir o ayudar a alguien sobre aquello que te enseñaron “in illo tempore” es cuando realmente tomas conciencia acerca de la importancia que va a tener luego en el devenir de nuestra bagaje la profesionalidad de quienes, como es en este caso personal, me enseñaron a ejercitar la métrica y los distintos tipos de rimas, a conocer las diferentes estrofas donde poder dar formas a los versos, o a desmenuzar las figuras literarias que daban significado a cada una de las ideas que los autores querían expresar.

Encontrarme cara a cara después de treinta años con personajes como “Rodrigo Díaz de Vivar”, “La Trotaconventos” o “El Conde Lucanor” y su consejero y criado “Patronio” me ha servido para abrazar a esos recuerdos que han querido venir a saludarme dejando tras de sí una estela hilvanada con la luz de esos tubos fluorescentes donde cada tarde a las 18,15 te daban la bienvenida, o con las mesas verdes donde los alumnos de la mañana habían dejado, casi como si de una inscripción se tratase, las fórmulas de los problemas de física que habían escrito a modo de chuleta para el examen, o con ese timbre donde cada cuarenta y cinco minutos te invitaba a cruzar del pabellón nuevo al pabellón viejo para fotocopiar los apuntes que te faltaban de Latín, o…..

En definitiva, aunque confieso que nunca dejé de valorar todo aquello que aprendí, máxime cuando se trata de las materias que más me apasionaban y siguen haciéndolo, el hecho de desempolvar, aun en otros libros que no son los míos, esas historias y personajes, con sus consiguientes actividades prácticas, ha sido una experiencia más que gratificante que me apetecía compartir en estos breves renglones con todos ustedes.

Lo dicho, siempre agradecida a quienes me guiaron y me enseñaron a amar a la que es para mí una de las actividades más enriquecedoras con las que me he reencontrado y redescubierto, la Literatura.