Borja Domecq tomando notas en un tentadero.

Manuel Sotelino

Conocía a Borja Domecq Solís. No intimé con él pero sí que lo conocí. Pude compartir con él alguna charla en Pamplona cené con él en alguna entrega de premios y compartí en alguna ocasión una jornada campera viendo a sus toros. Ayer caía la noticia de su fallecimiento como un mazado para toda la familia taurina. Borja fue siempre un señor. Elegante, discreto y un gran conocedor de la Fiesta Taurina, la cual, la amaba y la llevaba por bandera. Todavía recuerdo una conversación con José Miguel Arroyo ‘Joselito’ en El Puerto de Santa María cuando me dijo que una tarde, un toro suyo -ganadería de El Tajo y La Reina- embistió tela en un pueblo de la sierra de Madrid. Por la noche, Borja llamaba al torero para interesarse por el toro y preguntar su nombre. Joselito le había comprado vacas con el hierro de Jandilla. Cuando Borja Domecq supo el nombre del toro, le hizo un repaso a Joselito sobre la geneaología del toro. Llegando hasta los semantales históricos de la familia Domecq. Borja, tenía toda su ganadería en la cabeza.

Como un homenaje al gran ganadero, publico un extracto del capítulo que le dediqué a su ganadería en el libro ‘Cádiz Bravo’ que escribí hace ya algunos años. Espero que os guste y que sirva para conocer algo más a este gran taurino y magnífico ganadero nacido en Pamplona pero a todas luces jerezano.

Entrevista concedida para el libro ‘CÁDIZ BRAVO’ – 2 de mayo de 2002

Hablo con Borja a través de uno de esos teléfonos móviles sin cable que, entre otras cosas, no nos permiten que andemos perdidos.

– Si le parece quedamos dentro de veinte minutos en la cafetería de tal hotel.

– Me parece estupendo, Borja, allí no veremos.

Entro en la cafetería, clara, iluminada por multitud de puntos de luces que avasallan a través de grandes cristaleras que dan al exterior. Todo parece tranquilo. Sin embargo, en la cafetería está el ganadero, mirando a través del gran ventanal que le lleva a sus dehesas o a sus toros, quién sabe lo que pasa por la mente del ganadero cuando está con sus conocidos más íntimos. Borja Domecq Solís me invita a sentarme en un ambiente cercano, de amigos muy suyos. Ahora comprendo también por qué irradia luz aquella cafetería: al llegar con mi carpeta, mis folios y mi grabadora bajo el brazo lo que realmente observo es el destello de la amistad y de la generosidad de diversos amigos que, quizá, no ven en Borja al ganadero de tronío sino más bien a un hombre cabal y amigo de sus amigos. La luz de la amistad se sirve como cualquier daiquiri en el establecimiento, y agradezco a Borja el dejarme entrar en aquel círculo y apreciar lo mucho que le aprecian los suyos. Departe con ellos y, de camino, con exquisita generosidad y atención, atiende a su invitado curioso que pretende llegar al fondo de una de las vacadas de reses bravas más importantes de los últimos treinta años. El responsable de comandar este buque insignia de la ganadería de bravo y mantener el prestigio de la vacada es Borja Domecq Solís; el hierro de la ganadería que representa la estrella de las ganaderías de los Domecq es Jandilla.

Jerez, dos de mayo de 2002. 17:50 horas.

Volvemos a la cafetería del hotel en Jerez de la Frontera. Con sentido de la medida afronta Borja la entrevista y poco a poco va desgranando su dimensión de ganadero. Dos generaciones le avalan y le hacen ser uno de los hombres que más puede saber sobre el misterio del toro bravo. Entre sorbito y sorbito de una bebida duradera, entre pitillo y pitillo, Borja va extendiendo sobre la pequeña mesa donde apoyamos folios y grabadora, toda su ganadería mientras observa el horizonte a través de la gran cristalera que ilumina el salón. La larga conversación mantenida da para introducirnos en el complicado bosquejo de una ganadería con denominación de origen. Fundadora de un encaste propio, la historia, el cuido, el misterio y el concepto se van dando la mano entre sorbito y sorbito, entre cada pitillo. La mirada de Borja, qué duda cabe, va haciendo un ejercicio retrospectivo y se encuentra a gusto porque probablemente pocas conversaciones le agraden más que la de su propio oficio como ganadero. Una ganadería amplia, grande y difícil de controlar está perfectamente dirigida por el ganadero.

Alrededor de quinientas vacas de vientre son las que están cada año dejando descendencia en Jandilla, “con este número podemos llevar el análisis estadístico y hacer una ordenada y correcta selección teniendo además la ventaja de poder tener una apertura mayor en las familias que habitan en la ganadería. También es importante, si hablamos de ganaderías importantes, lo imprescindible de tener vacas para poder acudir a cualquier feria, puesto que tenemos el producto demandado por éste o aquél coso”. Jandilla lidia doce o catorce corridas de toros y unas cuatro novilladas que se reparten por todo lo ancho y largo del extenso Planeta de los Toros. O sea, unos dieciocho o veinte festejos, según el año, que van a parar a tres plazas de primera, que generalmente son Sevilla, Pamplona con otra más que puede ser Barcelona, Bilbao, Madrid o Zaragoza, alrededor de seis en plazas de segunda y unas tres que van a parar a plazas de tercera. Jandilla es ganadería de abolengo. Al preguntarle a Borja sobre qué plaza le gustaría lidiar que no haya estado, el ganadero es directo, “creo que en cada pueblecito de España habrá una plaza de toros. Por tanto ir a todas las plazas es difícil, aunque creo que tenemos el honor de haber estado en casi todas”. No duda Borja en comentar que de ir a algún sitio ese sería un lugar donde aún la Fiesta no se haya consolidado como tal o donde ni tan siquiera se conozca. En este sentido, el ganadero siente también un inquietismo por llegar a nuevos mercados donde se pueda vender la Fiesta de los Toros.

EL TORO DE JANDILLA

Borja, después de decir que procede de familia ganadera, después de haberse criado en una ganadería de bravo, después de haber casi palpado desde niño los problemas y las grandes satisfacciones que es el tener una ganadería de tronío, me comenta que aún busca ese toro que podríamos definir como el toro de Jandilla. “Cuando lo encuentro no veas cómo disfruto”, me comenta con media sonrisa, como con el reflejo claro de haber vivido en más de una ocasión ese placer incomparable de ver en el mundo real lo que tanto has imaginado. “El toro que busco es el que ya definiera mi padre allá por el año 1954 y que revolucionaría el concepto de bravura. Mi padre dijo entonces que la bravura era la capacidad de lucha del animal hasta la muerte. Ese es un toro que vaya a más. Ese es el toro necesario y el que levanta a los tendidos. Buscamos la bravura a más, a más, a más. Eso es lo verdaderamente importante. Además, se le exige longitud en la embestida, que lleve los morros por los suelos y lleve ritmo. En definitiva que vaya a coger la muleta”. La fijeza es importantísima para Borja Domecq porque es la bandeja de entrega a los toreros para que demuestren las ganas de ser figura que tienen. La fijeza es aquella condición de sometimiento tal que hace que el toro vaya embebido por los vuelos de la muleta y llegue justamente hasta donde el torero quiera.

Para ello, el ganadero despliega un nuevo elemento de sabiduría ganadera cuando explica cómo se traduce su concepto del toro en la placita de tienta. El no estar cerrado a nada es algo importante en Jandilla. Una ganadería larga, como es esta denominación de origen de bravura y clase, debe estar abierta a todo. En este sentido, Borja comenta que si el cincuenta por ciento lo pone la vaca y otro cincuenta el semental. “Sin embargo tengo una idea abierta. Analizo caracteres. Si una vaca gusta por clase pero deja descubrirse en alguna carencia, hay ocasiones en que la apruebo. Ya le buscaré el semental que mitigue esa carencia que no gusta tanto. O sea que con esta apertura de matices en casa ya no apruebo aquella que sea excepcional, porque sé que algunas carencias pueden cubrirse con un semental idóneo para esa vaca. Ahora sí, la que no apruebo nunca es aquella que sea anodina, que no diga absolutamente nada. Puede tener nobleza incluso puede que sea buena, pero si no ha habido algo positivo que haya sobresalido no la apruebo. Hay que buscar virtudes y siempre ir a más. Diferenciar muy bien lo propio de lo ajeno”.

DON JUAN PEDRO DOMECQ DíEZ

Queda claro que el gran artífice del encaste Domecq es don Juan Pedro Domecq Díez que se hace cargo de la ganadería una vez fallecido su padre don Juan Pedro Domecq Núñez de Villavicencio, muriendo éste a los pocos años de comprar la antigua ganadería del duque de Veragua. Aparte de las divisiones hechas al hacerse cargo don Salvador  y don Álvaro Domecq Díez de uno de sus lotes correspondientes al decidir cada uno tener su hierro, desde 1937 se hace cargo don Juan Pedro Domecq Díez de la vacada que le corresponde a él hasta su muerte en 1975. Lógicamente hay que destacar también la importancia de la labor callada que siempre en la trastienda ha tenido don Pedro Domecq y Díez, hermano de don Juan Pedro y que decidió estar unido a éste. El “tío Perico”, como se le conoció siempre, y que nos dejó tristemente el pasado año 2003. La familia Domecq no lo olvidará jamás. Pero don Juan Pedro está casi cuarenta años llevando la ganadería de la V de Veragua elevándola a lo más alto a través de una acusada personalidad y criterio que propicia que este excepcional ganadero revolucionara la misma tauromaquia. El ganadero jerezano supo que la ganadería debía tomar el derrotero de las ramificaciones de Parladé: una la del Conde de la Corte y otra es la de Mora Figueroa con sangre de la vacada que tuviera don Antonio García Pedrajas. Con estas mimbres se produjo un encaste propio, con seño, personalidad y con la suficiente clase y calidad para estar en las más grandes citas taurinas y con el beneplácito de las figuras del toreo durante más de cincuenta años siendo hoy en día el encaste más lidiado y más solicitado por toreros y profesionales. El encaste con denominación de origen Jandilla, la ganadería que representa hoy día al antiguo hierro de don Juan Pedro Domecq Díez (hoy en día en manos de don Juan Pedro Domecq Solís) es el más codiciado por ganaderos que acaban de llegar al oficio porque tiene más posibilidades de ser lidiados, aunque la denominación de origen la lleven los toros de la familia Domecq. La realidad impera y esta es la única. El dominio en el toreo de este encaste es una realidad. Todo ello gracias a la personalidad de un ganadero que no fue amigo de grandes alharacas ni se dejó ver por corrillos de taurinos. Un ganadero sobrio y amante del campo ante todo. Un señor de exquisitos ademanes que recibió probablemente una minuciosa educación y, por tanto, exigente consigo mismo y con su labor, en este caso, como ganadero. Don Juan Pedro Domecq Díez dejó la ganadería a sus hijos hecha, con los criterios claros y debidamente demostrados con éxitos clamorosos. El patrimonio estaba ya ahí, don Juan Pedro se encargó de entregar el legado de una ganadería con clase. Sus hijos están agrupados alrededor del hierro estrellado de Jandilla. A excepción de don Juan Pedro y don Fernando Domecq Solís que sostienen sus respectivas vacadas cada uno por su parte.

Cuando le pregunto a Borja por su padre de quien supongo aprendió desde niño el oficio ganadero, tampoco descubre palabras para definirlo. Abre sus arqueadas cejas y mira al frente donde parece encontrar el gran ventanal de sus recuerdos más íntimos mientras enciende un cigarrillo que ha mantenido apagado mientras intercambiaba sus impresiones con el interlocutor que ahora escribe. La luz de la cafetería irradia en su semblante un recuerdo. Un pequeño esbozo sale de sus labios y su tez, morena por el unto del sol más campero, se abre para dejar pasar a algún recuerdo que pueda describir, siquiera de manera aproximada, a un ganadero de una extraordinaria sensibilidad y conocimiento como fue don Juan Pedro Domecq Díez. “Era un hombre de una alta inteligencia e intuición. Un gran trabajador. Pero fue un hombre, sobre todo, religioso de verdad. Por eso creo que todos los que hemos tenido el privilegio de ser sus hijos tuvimos un gran padre ya no sólo en nuestras vidas sino en lo tocante a nuestros conceptos más íntimamente morales y fundamentales. Como ganadero pues ¿qué te voy a decir?, que creo que, junto al Conde de Vistahermosa han sido los dos pilares que verdaderamente han revolucionado la ganadería de bravo. Y a las pruebas me remito. Hoy día en casi todas las ferias importantes se lidia todo lo que proviene de la ganadería que fue de mi padre y que ahora represento. No invento nada, son hechos irrebatibles”. Creo que esa definición de inteligencia, sensibilidad y solidez moral es una magnifica definición, en sí misma, de una familia como la Domecq que sostiene, mantiene y ratifica, a paso de temporada, uno de sus patrimonios más importantes como ha sido el toro bravo de lidia.

El ganadero junto a su hijo, Borja Domecq Noguera.
El ganadero junto a su hijo, Borja Domecq Noguera.