Ya íbamos a la plaza con la mosca detrás de la oreja.
Arturo Macías ha demostrado sentido de torero caro y valiente. Este matador de toros, mexicano de Aguascalientes, decidió junto con su apoderado Antonio Corbacho dejar más de cuarenta corridas de toros que tenía para firmar en México y venirse a España a abrirse paso.
Con un contrato en Valencia al comienzo de la temporada y posiblemente la puerta abierta para Sevilla. Nada más. Marcó la tarde en Valencia con grave cogida, hizo lo mismo en Sevilla y fue contratado en Madrid donde también sufrió cornada. Así eran las cosas cuando el mexicano llegó a El Puerto. De manera que para cualquier aficionado que esté orientado en esto de los toros, la mosca no hacía más que revolotearle por alrededor nada más escuchar el nombre de Arturo Macías. Finalmente, cuando llegó la hora de matar a su segundo toro, se quedó en la cara del mismo y éste lo propinó una cornada fuertísima en el tórax. Lo tuvo colgado del pitón durante unos larguísimos segundos y lo arrastró varios metros. Lo tiró en los medios del amplio coso portuense y quedó Macías como un Cristo. Brazos extendidos y cuerpo inerte.
Es cierto que cuando una cornada es grave se nota inmediatamente en el callejón de una plaza de toros. Los profesionales se echan las manos a la cabeza y los médicos salen como balas disparadas de sus burladeros buscando la puerta de la enfermería. Los toreros, conscientes de la gravedad, levantan al torero y corren rápido hasta la enfermería. Y así sucedió con la cornada de Macías.
Pasado ya algo más de un día desde el percance, las cosas parecen que pueden evolucionar de manera muy favorable, dentro de la gravedad. Al parecer no tiene afectados los pulmones ni las costillas. Y por tanto, la cogida, aunque muy grave, no llega a ser lo que en principio se podía pensar. Gracias a Dios.
Lo importante
Pero lo que realmente fue importante es la impresión que dejó el torero azteca. Ofreció aroma de valor serio, y seco. Estuvo toda la tarde con una verdad en el ruedo que nos hacía recordar a gente que han llegado a ser grandes figuras y han mandado. Siempre intentó pegarle los muletazos a sus toros por abajo, obligando mucho y sacándole la muleta por debajo de la pala del pitón.
Sus quites fueron no aptos para cardiacos. Templanza pero también quietud y poder. Retazos bellísimos de toreo caro, en definitiva. Pero aquellos que interpretan y llevan muy dentro de su ser el toreo puro, son presa de los toros con demasiada facilidad. La plasticidad y el duende están bien cuando el toreo se ejecuta según dictan los cánones. Y el canon clásico del toreo de toda vida es ir al límite, sorteando los terrenos del toro y colocándote siempre más allá del pitón contrario para no estar nunca al hilo. Esa es la verdad, aunque muchos sumos pontífices se esfuercen en decir lo contrario. Arturo Macías fue un auténtico titán en su presentación en El Puerto de Santa María, plaza a la que llegó con un exquisito respeto y a darse por completo, aunque en los tendidos no hubiera más que un cuarto de entrada.
En la dirección tomada por torero y apoderado, sólo se puede desear que lleguen muy alto –que seguramente lo harán porque los grandes esfuerzos tienen recompensa- y, por supuesto, que los toros lo respeten, pues donde este mexicano de Aguascalientes se coloca es un lugar donde se vive al límite, donde en cualquier momento eres pasto de los pitones. Ojalá haya suerte, y cuando se llegue arriba y los públicos se den cuenta, a mandar como los grandes.