Manolete toreando.
Susana Esther Merino Llamas

 

Aquella tarde en Linares

el aire vistió de negro

mientras Córdoba buscaba

para su llanto pañuelos.


Y hasta el cielo aquella tarde

derramó un morado velo

cuando rojas clavellinas

tiñeron el rubio albero.


La efigie de Manolete,

excelso junco  moreno,

abocetaba los lances

mandando desde los medios.


En la divisa de Miura

la muerte se haría hueco

entre ricos alamares

y la embestida de Islero.


Aquella tarde en Linares

el aire vistió de negro

mientras Córdoba buscaba

para su llanto pañuelos.


El torero más Califa,

el Califa más torero,

en esa tarde agosteña

sintió quebrarse sus centros.


El estoque y el pitón,

se hundieron sobre los cuerpos

mientras la vida expiraba

diluyendo hasta los miedos.


Desde el asta del burel

pendía todo el misterio…

el sabor a torería…

la esencia de lo perfecto.


La locura desatada

de aquellos que allí estuvieron

hizo las almas jirones

y paró el reloj del tiempo.


Y vistió de catafalco

por el insigne torero

hasta el patio más alegre

que lloraba entre “te quieros”.


Las preguntas sin respuesta,

las llaves de sus secretos ,

también se fueron con él

nada más caer al ruedo.


Aquella tarde en Linares

el aire vistió de negro

mientras Córdoba buscaba

para su llanto pañuelos.


El bordón de la guitarra

y el río con su misterio,

se estremecieron de pena

ante el mármol de su cuerpo.


Pero Dios lo esperaría

con los cerrojos abiertos

y por cuadrilla unos ángeles

que formaron un revuelo.


El diestro llegó triunfante

hasta el coso de lo eterno

y los clarines sonaron

traspasando el firmamento.


Joselito lo esperaba

para ceñirle a su cuerpo

los bordados y la seda

de un capote de paseo.


Y las ducas de azabache

el duelo, el luto, el lamento…

se trocarían en gozo

en el más divino albero

mientras Córdoba buscaba

musitando padrenuestros

bálsamo pa’ su locura

y para el llanto pañuelo

sin saber que Manolete

ya toreaba en el Cielo.

Jerez, a 28 de agosto de 2020