Imagen de la Cruz de Lampedusa en el convento de Santo Domingo.
Susana Esther Merino Llamas

Ante la Cruz de Lampedusa se paran los pulsos, se detiene el tiempo, y la cruda realidad de la que, por norma general, queremos o huir o a la que respondemos mirando hacia otro lado (gesto más que habitual cuando nos negamos a hacer nuestro el sufrimiento del prójimo) nos invita a que tomemos conciencia de lo que hay más allá de esa inamovible zona de confort que no pretendemos dejar nunca atrás.

Concretamente en estos días contamos en Jerez con el honor de recibir a este bendito madero realizado con los restos de barcas naufragadas en aguas mediterráneas. El Santo Padre, ante el dolor que rezuma cada astilla de esta significativa Cruz, mandó que la hicieran recorrer por cada rincón del mundo para, precisamente, ayudarnos a despertar de tanta indiferencia.

Y es por eso por lo que me gustaría compartir la experiencia vivida el lunes pasado. Era precisamente el día de la llegada del que es símbolo de la cristiandad bañado con la brisa de Lampedusa a Jerez. El convento de Sto. Domingo abriría sus puertas para este más que especial acontecimiento. Yo era sabedora, al igual que la mayoría, supongo, de este emotivo acto, pero por la desidia que muchas veces achacamos a nuestra más que ocupada agenda, no señalé en mi hoja de ruta la visita al convento dominico.

Pero estaba más que claro, porque así son las cosas de Dios, que casualmente, o no tan casualmente, un cambio de planes me hizo tomar el camino que me haría llegar ante el retablo cerámico de la Blanca Paloma. Ella, la que vela por todo aquel que le lanza un Avemaría prendido en un beso fugaz, estoy convencida que fue la que me impulsó a entrar para que así pudiera comprobar los momentos tan hermosos que allí se estaban viviendo.

Confieso, porque me engañaría a mí misma si no lo reconociera, que en un principio la intencionalidad de mi visita iba más motivada por la curiosidad que por otra cosa. Sin embargo, tras dirigirme a la imagen de Ntra. Sra. del Rocío y a su Divino Pastorcito, empecé a tomar conciencia del porqué del calado que tenía este acto. El templo rebosante de buenos corazones que se disponían a ofrecerle sus respetos a dos maderas atravesadas donde tantos cristos, hermanos nuestros, perecen cada día cuando se disponen a buscar una salida a la desesperación más absoluta. Os aseguro que al rozar la Cruz con mis dedos se me sobrecogió el corazón como hacía mucho que no me ocurría. Es en ese instante donde el Señor se te hace más presente para abrirte los ojos y hacerte pasar a lo que ocurre cada día.

El acto se clausuró con el rezo de un Padrenuestro mientras enlazábamos nuestras manos. En la oración donde Jesús invocaba al Padre desde el Huerto de Getsemaní, llevamos a todas esas almas que ya gozan de la Gloria Eterna y pedimos por la esperanza de un mundo mejor. Porque no hay que olvidar que la Cruz es el símbolo de la Vida y la Salvación.

Y es que ante la Cruz de Lampedusa, se paran los pulsos, se detiene el tiempo y Dios se hace presente para llamarnos al Amor al prójimo.